
Algunas lágrimas recorrieron las mejillas de Jonny Magallón y Omar Bravo mientras festejaban el segundo gol del Guadalajara (54’), el que garantizó la victoria rojiblanca (2-0) y la clasificación a la final de la Copa Libertadores... El que ya tiene un lugar en la historia chiva.
Son dos de los jugadores más experimentados en el plantel que dirige José Luis Real, pero lo de anoche en el estadio Nacional movió las fibras más sensibles de todos los integrantes del Rebaño Sagrado.
No podía ser de otra manera. Nueve años después, un club mexicano vuelve a la final continental, pero no es cualquiera, es el que más arraigado tiene el nacionalismo. La proeza se dio justo a unas semanas de festejar el Bicentenario del inicio de la Guerra de Independencia.
Cúmulo de emociones convertidas en llanto tras el silbatazo final del árbitro argentino Sergio Pezzotta.
Disminuido por las bajas de Omar Esparza y Alberto Medina, el Guadalajara se las ingenió para superar a la Universidad de Chile y por fin dar el golpe con el que amagaba desde hace algunos años.
Las honrosas eliminaciones son ya simples anécdotas, al igual que las Chivas plagadas de figuras.
El Güero pondera el amor por la camiseta y sus jugadores lo ejemplificaron perfectamente durante su camino a la serie por el título de América.
Travesía que comenzó hace más de un año, pero fue interrumpida por la pandemia del virus AH1N1. Junto con el San Luis, las Chivas salieron de la edición 2009, como equipos pestilentes, aunque con la compensación de reaparecer este año, justo en la ronda que fueron expulsados el anterior: octavos de final.
Los canteranos metieron al Rebaño Sagrado hasta las semifinales, etapa en la que Real recuperó a casi todos sus seleccionados. Javier Hernández fue el único ausente, luego de su traspaso al Manchester United, pero los tapatíos lucían más fuertes.
Ayer lo comprobaron en un campo hostil, inundado por el deseo de llegar a la última instancia del torneo por primera vez. Las Chivas también la tenían y lo demostraron en cada acción, por más complicado que era el entorno.
Héctor Reynoso prometió un equipo agresivo y lo cumplió. Cuando la “U” buscó meterse al duelo, ya había caído rendida ante los encantos del melodioso juego mexicano, basado en toques de primera intención y latigazos para aprovechar la velocidad de Marco Fabián y Bravo.
El sinaloense y Adolfo Bautista pudieron liquidar la serie en un par de minutos. Ambos fallaron. El sufrimiento se prolongaba... Hasta que Xavier Báez decidió pegarle a aquella pelota intrascendente.
El meta Miguel Pinto falló y las puertas de la historia comenzaban a abrirse. Los nervios desaparecieron. La suerte no. Luis Ernesto Michel y el travesaño evitaron el empate en varias ocasiones. Los andinos merodeaban el tanto, pero Magallón dio una cátedra de definición y encaminó el partido a un final tranquilo.
Los últimos minutos fueron de trámite. Chivas dominaba, sí, pero faltó el último toque, ese que Bravo buscaba para rendir homenaje a su recién fallecido padre.
Tendrá otros dos juegos para lograrlo, ante el Sao Paulo o el Internacional de Brasil. El primero será en el estadio Omnilife, que se estrenará de gran forma a nivel internacional, con unas Chivas cerca de tocar el cielo y de conseguir lo que al Cruz Azul se le fue de las manos en 2001, con aquellos fatídicos penaltis ante el Boca Juniors.
Poco a poco la Glorieta de La Minerva se fue llenando de aficionados rojiblancos que no daban crédito a lo que acababan de ver por televisión, derrotaron en Santiago a uno de los equipos más fuertes de Chile y ahora esperan rival para ver quién saldrá campeón en la Copa Santander Libertadores de América.
Conforme fue llegando la gente fue incrementando el desenfreno, al principio eran brincos, algunos cánticos y de pronto se fueron a dar vueltas alrededor de la diosa romana que es símbolo de la ciudad de Guadalajara.
“En dónde están, en dónde están esos chilenos que nos iban a ganar”, sonaba con fuerza por los rumbos de Vallarta y López Mateos y de pronto se acordaron de un rival que en este momento no la pasa nada bien: el Atlas.
“Pobrecitos, amargos, ellos jamás llegarán a una semifinal de la Libertadores, es lo único que nos falta para ser el mejor equipo de México, para que a nadie le quede dudas”, decía a los cuatro vientos un aficionado, que estaba tan contento y tan bebido, que seguramente no hubiera pasado de forma satisfactoria el alcoholímetro.
La fiesta comenzó en Santiago de Chile, se prolongó por las calles que rodean a la diosa romana y se prolongarán hasta la semana entrante cuando los tapatíos jueguen la final en el estadio Omnilife.


