Colores
La tribuna de las Chivas, más sus millones de seguidores a través de la selección, destilaban nerviosismo, adrenalina; y no era para menos.
Su equipo, los colores sagrados heredados de generación en generación sufrían en una cancha de futbol; y es que no encontraban el camino del gol, de las ilusiones, de los sueños libertadores.
Todos los clubes importantes del mundo forjan sus estrellas, su historia, mitos e ídolos partido a partido.
Para un aficionado apasionado presente en las gradas, lo del martes pasado marcará su vida. Sólo los clubes preparados para las narraciones épicas pueden hacer lo que el Rebaño Sagrado, el Guadalajara, consiguió en la cancha de futbol de Carson, California.
Son esos momentos mágicos que parecieran no llegar nunca; el dramatismo lo puso el arquero rival, los postes, el árbitro y el reloj.
Hoy el tema del día no son las Chivas, ni su historia, sus títulos, sus estrellas. Es la forma como se consiguió y no el logro en sí.
Hay cierto misticismo rodeando lo que muchos vimos.
En la cancha hubo voluntad, coraje, decisión y, al final, algo de fortuna.
En estas épocas de modernidad, los equipos grandes corren muchos riesgos. La memoria es flaca, los presupuestos muy altos y la exigencia mayor.
Pocos esperan que pierdas y millones que ganes con cierta autoridad.
Lo del martes ante el Necaxa fue una epopeya, un acto heróico de todos, consumado por el joven Omar Bravo quien soñaba con ser boxeador y terminó por calzar botines de futbol y anotando el gol que gritó una buena parte de la nación.
Los que son Chivas de corazón han quedado marcados y están más convencidos que nunca; para los que no lo son, el golpe anímico pudiera convertir a algún indeciso en busca de un equipo que se entregue, ataque, sude la camiseta, no le gusta perder, piensa en la tribuna y de vez en vez, se viste de gladiador, y logre una victoria épica.
Lo que ganó Guadalajara supera, inclusive, la posibilidad de jugar la Copa Libertadores de América y si no, pregúntenle a algún ¡¡Chiva de Corazón!!!
Su equipo, los colores sagrados heredados de generación en generación sufrían en una cancha de futbol; y es que no encontraban el camino del gol, de las ilusiones, de los sueños libertadores.
Todos los clubes importantes del mundo forjan sus estrellas, su historia, mitos e ídolos partido a partido.
Para un aficionado apasionado presente en las gradas, lo del martes pasado marcará su vida. Sólo los clubes preparados para las narraciones épicas pueden hacer lo que el Rebaño Sagrado, el Guadalajara, consiguió en la cancha de futbol de Carson, California.
Son esos momentos mágicos que parecieran no llegar nunca; el dramatismo lo puso el arquero rival, los postes, el árbitro y el reloj.
Hoy el tema del día no son las Chivas, ni su historia, sus títulos, sus estrellas. Es la forma como se consiguió y no el logro en sí.
Hay cierto misticismo rodeando lo que muchos vimos.
En la cancha hubo voluntad, coraje, decisión y, al final, algo de fortuna.
En estas épocas de modernidad, los equipos grandes corren muchos riesgos. La memoria es flaca, los presupuestos muy altos y la exigencia mayor.
Pocos esperan que pierdas y millones que ganes con cierta autoridad.
Lo del martes ante el Necaxa fue una epopeya, un acto heróico de todos, consumado por el joven Omar Bravo quien soñaba con ser boxeador y terminó por calzar botines de futbol y anotando el gol que gritó una buena parte de la nación.
Los que son Chivas de corazón han quedado marcados y están más convencidos que nunca; para los que no lo son, el golpe anímico pudiera convertir a algún indeciso en busca de un equipo que se entregue, ataque, sude la camiseta, no le gusta perder, piensa en la tribuna y de vez en vez, se viste de gladiador, y logre una victoria épica.
Lo que ganó Guadalajara supera, inclusive, la posibilidad de jugar la Copa Libertadores de América y si no, pregúntenle a algún ¡¡Chiva de Corazón!!!

