Especialmente para Lavolpe.
Vaya jornada la del Tri. Su trascendencia va, en este caso, más allá de la victoria misma.
Especialmente para Ricardo Lavolpe.
Múltiple satisfacción sin duda para el entrenador.
1.- Una nueva victoria sobre Brasil que seduce al ¿vanidoso? argentino que lleva dentro.
2.- Un paso adelante en la Copa Confederaciones.
3.- Hugo sigue y seguirá calladito, con berrinchitos, sabiendo que todo lo que diga será usado en su contra.
4.- La justificación de su desesperación por contar con los jugadores de Chivas específicamente para este duelo.
5.- Suma invicto 19 juegos.
6.- Y, la más importante, la confirmación plena del trabajo de cancha y de salón.
¿Brasil debilitado?
¿Ni Ronaldo, ni Cafú, ni Roberto Carlos, ni...?
Será una ociosidad insana de quien busque y rebusque argumentos para demeritar el triunfo.
Especialmente porque, por encima de la victoria misma, aparece la exhibición de equipo y la que individualmente aportaron los mexicanos.
Casos como el de Jared Borgetti. Un hombre que ha surcado y surca una serie de conflictos personales, familiares, emergió con rabia, con su rabia de siempre, de entre la desventura mental de desperdiciar el penalti en un capricho arbitral.
La imagen del Borgetti de siempre apareció con el gol, pero más aún en el festejo, que es donde se aprecia plenamente, el efecto extático y muy personal de una conquista semejante.
Este Borgetti y no el que rehuyó entrar de cambio en la Libertadores.
Éste y no el de las desavenencias en Dorados y Pachuca, éste que ha vivido recientemente íntimos infiernos personales, éste que está de vuelta y eso se vio en la cancha.
Y Lavolpe puede estar satisfecho especialmente de los últimos 20 minutos.
Aparecieron en ese lapso, con pulcritud, sus reclamos estratégicos: México se defendió de manera impecable, pero especialmente atacó de manera inteligente.
Cuando el Tri expuso y constató sus variantes fue un espectáculo, escondido para algunos tal vez, y para saborearlo en ese momento había que olvidarse del juego para ver las jugadas, había que descartar el partido para revisar los movimientos.
Ahí, México fue notable.
Fue muy grato ver como el recorrido ofensivo estaba encomendado a sus hombres del fondo. Osorio, Galindo, Salcido y Méndez fueron los conductores finales de la agresividad mexicana y los relevos de respaldo fueron exactos y, es necesario decirlo, afortunados.
A Lavolpe se le llamó llorón, se le declaró públicamente “enemigo de Chivas” y se le cuestionó si había algo personal, muy argentino, en una intención de erosionar, de perjudicar al Guadalajara de cara al choque con Boca Juniors.
Quedó visto que no. Es decir, ciertamente lesiona al Guadalajara, pero el aporte de Salcido, Morales y Oswaldo fue determinante.
Y más: cuando Alberto Medina entró, le cortó dos de las patas más poderosas al ciempiés ofensivo del Brasil que, desesperado, se lanza al abordaje descarado, como lo son su carrilero derecho y su medio escudo.
Ese recurso, con otros jugadores, lo usó con éxito el Brasil angustiado en su visita a Argentina cuando estaba abajo en el marcador.
La albiceleste no encontró ese día cómo anular ese engranaje y por eso sufrió en la segunda mitad.
Lavolpe sí supo el domingo cómo, con audacia por cierto, a través de Medina.
Fue pues una noche casi redonda. Es decir, Zinha sigue escondiéndose, Fonseca se desubicó en sus obligaciones ofensivas, pero estuvo eficaz en las defensivas.
Pável fue otro notable en el apoyo a una zaga en la que Galindo y Osorio estuvieron puntuales y sin miramientos.
Esta es, además, una victoria que repercute.
Los ecos del triunfo seguirán sumándole miradas de respeto al Tri y seguramente puntos en la truculenta clasificación de la FIFA, que a fin de cuentas es lo menos importante de todo.
Lamentablemente, en este caso, la fidelidad de la televisión no deja de ser una mentira, no deja de ser una patraña, una vitrina incompleta. No es culpa del aparato ni del aparatoso sistema de transmisión, por supuesto.
Ayer a México habría sido especialmente grato observarlo de cuerpo entero, en la imagen viva y vívida del estadio mismo para poder sumirse en y sumarse a esa obsesión de Lavolpe cuando habla de “puntos finos”, de “estrategia funcional” y de una serie de conceptos que a veces parecen sólo verborrea arrogante.
Ahora viene lo interesante.
México ya está clasificado y necesita decidir su destino.
Enfrente tiene al campeón de Europa con los laureles marchitos y aspirando apenas al repechaje para Alemania 2006.
Si México se toma ante Grecia esa misma seriedad, esa misma convicción, pero sobre todo esa misma pasión que ante Brasil, llegarán más condecoraciones.
Y Lavolpe se seguirá acercando a esa promesa de octubre de 2002, ésa de “jugar todas las finales de todos los torneos oficiales donde participe México”.
El reto es simple: la selección ya no puede dar menos de lo que dio ante Brasil.
Ni Lavolpe puede permitírselo.

Especialmente para Ricardo Lavolpe.
Múltiple satisfacción sin duda para el entrenador.
1.- Una nueva victoria sobre Brasil que seduce al ¿vanidoso? argentino que lleva dentro.
2.- Un paso adelante en la Copa Confederaciones.
3.- Hugo sigue y seguirá calladito, con berrinchitos, sabiendo que todo lo que diga será usado en su contra.
4.- La justificación de su desesperación por contar con los jugadores de Chivas específicamente para este duelo.
5.- Suma invicto 19 juegos.
6.- Y, la más importante, la confirmación plena del trabajo de cancha y de salón.
¿Brasil debilitado?
¿Ni Ronaldo, ni Cafú, ni Roberto Carlos, ni...?
Será una ociosidad insana de quien busque y rebusque argumentos para demeritar el triunfo.
Especialmente porque, por encima de la victoria misma, aparece la exhibición de equipo y la que individualmente aportaron los mexicanos.
Casos como el de Jared Borgetti. Un hombre que ha surcado y surca una serie de conflictos personales, familiares, emergió con rabia, con su rabia de siempre, de entre la desventura mental de desperdiciar el penalti en un capricho arbitral.
La imagen del Borgetti de siempre apareció con el gol, pero más aún en el festejo, que es donde se aprecia plenamente, el efecto extático y muy personal de una conquista semejante.
Este Borgetti y no el que rehuyó entrar de cambio en la Libertadores.
Éste y no el de las desavenencias en Dorados y Pachuca, éste que ha vivido recientemente íntimos infiernos personales, éste que está de vuelta y eso se vio en la cancha.
Y Lavolpe puede estar satisfecho especialmente de los últimos 20 minutos.
Aparecieron en ese lapso, con pulcritud, sus reclamos estratégicos: México se defendió de manera impecable, pero especialmente atacó de manera inteligente.
Cuando el Tri expuso y constató sus variantes fue un espectáculo, escondido para algunos tal vez, y para saborearlo en ese momento había que olvidarse del juego para ver las jugadas, había que descartar el partido para revisar los movimientos.
Ahí, México fue notable.
Fue muy grato ver como el recorrido ofensivo estaba encomendado a sus hombres del fondo. Osorio, Galindo, Salcido y Méndez fueron los conductores finales de la agresividad mexicana y los relevos de respaldo fueron exactos y, es necesario decirlo, afortunados.
A Lavolpe se le llamó llorón, se le declaró públicamente “enemigo de Chivas” y se le cuestionó si había algo personal, muy argentino, en una intención de erosionar, de perjudicar al Guadalajara de cara al choque con Boca Juniors.
Quedó visto que no. Es decir, ciertamente lesiona al Guadalajara, pero el aporte de Salcido, Morales y Oswaldo fue determinante.
Y más: cuando Alberto Medina entró, le cortó dos de las patas más poderosas al ciempiés ofensivo del Brasil que, desesperado, se lanza al abordaje descarado, como lo son su carrilero derecho y su medio escudo.
Ese recurso, con otros jugadores, lo usó con éxito el Brasil angustiado en su visita a Argentina cuando estaba abajo en el marcador.
La albiceleste no encontró ese día cómo anular ese engranaje y por eso sufrió en la segunda mitad.
Lavolpe sí supo el domingo cómo, con audacia por cierto, a través de Medina.
Fue pues una noche casi redonda. Es decir, Zinha sigue escondiéndose, Fonseca se desubicó en sus obligaciones ofensivas, pero estuvo eficaz en las defensivas.
Pável fue otro notable en el apoyo a una zaga en la que Galindo y Osorio estuvieron puntuales y sin miramientos.
Esta es, además, una victoria que repercute.
Los ecos del triunfo seguirán sumándole miradas de respeto al Tri y seguramente puntos en la truculenta clasificación de la FIFA, que a fin de cuentas es lo menos importante de todo.
Lamentablemente, en este caso, la fidelidad de la televisión no deja de ser una mentira, no deja de ser una patraña, una vitrina incompleta. No es culpa del aparato ni del aparatoso sistema de transmisión, por supuesto.
Ayer a México habría sido especialmente grato observarlo de cuerpo entero, en la imagen viva y vívida del estadio mismo para poder sumirse en y sumarse a esa obsesión de Lavolpe cuando habla de “puntos finos”, de “estrategia funcional” y de una serie de conceptos que a veces parecen sólo verborrea arrogante.
Ahora viene lo interesante.
México ya está clasificado y necesita decidir su destino.
Enfrente tiene al campeón de Europa con los laureles marchitos y aspirando apenas al repechaje para Alemania 2006.
Si México se toma ante Grecia esa misma seriedad, esa misma convicción, pero sobre todo esa misma pasión que ante Brasil, llegarán más condecoraciones.
Y Lavolpe se seguirá acercando a esa promesa de octubre de 2002, ésa de “jugar todas las finales de todos los torneos oficiales donde participe México”.
El reto es simple: la selección ya no puede dar menos de lo que dio ante Brasil.
Ni Lavolpe puede permitírselo.


